Mercenarios S.A en Bolivia

By boliviasol

Julio César Alonso (Periodista español)

La Paz, 19 jul (ABI).- Por 15 años han sido necesarios para que se hiciese justicia con el grupo de mercenarios que desde 1992 comandó el ciudadano húngaro-croata Eduardo Rozsa Flores.

No soy partidario de la pena de muerte, ni de la muerte en sí, a no ser que sea natural. Pero estoy seguro que un día del pasado abril, en Suiza, en Inglaterra, en Serbia, Bosnia, Angola, Sudán y Kosovo, muchas familias agradecieron a la policía Boliviana su trabajo.

Conocí a Rozsa, en Albania, en una época en la que la guerra en Europa fue moneda de cambio de las grandes potencias.

Mi primer encuentro fue en Tirana, capital de Albania, durante su primera “revolución”, el primer trabajo de Rozsa para el periódico la Vanguardia. Un Flores cristiano, defensor del Opus Dei, que fue invitado a abandonar el hotel de la prensa tras un incidente oscuro. De su habitación salió un menor con signos de abuso y un número indeterminado de granadas de mano. Tras el incidente, del que ninguno hicimos nota de prensa, Rozsa siguió escribiendo sobre Albania desde Budapest.

El segundo encuentro fue en Croacia, en la ciudad de Osijek. Allí, como periodista, le conocí poco. Una tarde de regreso al punto de envío de las televisiones, un soldado croata nos detuvo en un check-point. Era Branko, ex profesor de matemáticas al que la guerra había convertido en carnicero. Un cigarro y un trago de la botella de bourbon que siempre nos acompañaba era el impuesto amistoso que pagamos por pasar. Pero ese día hubo algo más; Branko nos ofreció ametrallar nuestro coche: “El húngaro me ha pagado 50 dólares por disparar al suyo.” Le agradecimos el ofrecimiento y continuamos. Al llegar al hotel confirmamos las palabras de Branko; el auto de Rozsa lucía una bonita ráfaga de AK en su parte trasera izquierda. Curioso es que ninguna de las balas que llegaron a penetrar hasta la parte delantera del vehículo alcanzó a Eduardo o a su copiloto.

En el bar del hotel, un Eduardo chillón arengaba a sus colegas para que dejasen la información y se defendiesen. De su cuello colgaba una Nikon, pero su mano blandía una Skorpion, la pistola ametralladora oficial del ejército yugoslavo. Después desapareció. Volvió a Osijek dos meses después, en septiembre, ya como comandante del PIV, Pelotón Internacional de Voluntarios del ejército croata.  Sigue:

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