Coco Manto (Periodista)
Unos 300 años antes de que los españoles llegaran a territorio aymara ocurrió la ruina y la desaparición del contenido humano de Tiwanaku. ¿Qué fue? ¿Qué tamaña catástrofe obligó a esa dispersión? El misterio lo cubre todo.
En ese lapso y hasta el arribo de los conquistadores, los tiwanaquenses se fragmentaron en varias etnias circunlacustres debajo del mismo sol y frente a las mismas aguas. Los kollas originarios ocuparon la orilla norte del Lago Titicaca.
Los lupakas, en el occidente, hoy tierra peruana, y los pacajes al sur del mítico lago, el más elevado del mundo. La Conquista española empezó en el siglo XVI y las condiciones de vida en el llamado Nuevo Mundo se hicieron aciagas. La expansión de la pólvora, las armas y las enfermedades, el ánimo avasallante del europeo, su fanatismo religioso y la ambición de las Coronas y sus ejércitos que contendían por acumular oro, tierras y esclavos grabaron con fuego el miedo y el desamparo entre esas gentes.
Bajo la violencia militar, religiosa y psicológica de los conquistadores, los aymaras redujeron su lengua nativa a sólo dos expresiones: jisa, sí, y janiwa, no. Jisa a las nuevas y deformes maneras de producción y de asumir la organización social. Janiwa para seguir practicando su solidaridad comunitaria y sus creencias politeístas.
Pero, porque la vida es terca y no sabe resignarse, los aymaras se aferraron a los otros andenes de su estirpe para sobrevivir: perdieron la tierra y la libertad, pero retuvieron el signo, el color, el sonido y la memoria de la palabra. La cultura, pues.
Signos y figuraciones, uso de los colores a rajatabla en sus tejidos, entrañables sonidos de su lengua hablada a media voz, memoria siempre fresca de su ser social gracias al riego del recuerdo…. Ver: