La continuación de la lucha: el capital cultural

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Por Juan Carlos Zambrana Gutiérrez

En el siglo XIX, Karl Marx develó el mecanismo mediante el cual el propietario de una factoría se apropiaba de un gran excedente de trabajo humano. Descubrió que el propietario estaba engañando a los trabajadores si les decía que la menudencia que debían aceptar como salario se justificaba por los gastos en los que tenía que incurrir él, en su calidad de propietario, para pagar las maquinarias y sus mantenimientos, los insumos y los servicios, como el agua y el alquiler. La meticulosa investigación de Marx resultó en el hallazgo de una chocante realidad: los obreros realizaban mucho más trabajo y generaban mucho más dinero del que era necesario para pagar las cuentas del negocio, y así era como lograban su sustento el propietario y su familia, quienes se apoderaban de este excedente y podían pasar el tiempo sin realizar ningún trabajo.

A este mecanismo mediante el cual el propietario se apodera de la plusvalía generada por los trabajadores Marx le llamó “explotación capitalista”, y al dinero que era invertido para ser multiplicado por el trabajo de los empleados le llamó capital. Así, observando de cerca la misteriosa capacidad de reproducción que tenía el dinero invertido en la industria, Marx dilucidó un misterio aún más oscuro: el del antagonismo de clases. Teorizó que la clase trabajadora quiere mejorar su condición laboral y que esto es contrario al interés de la burguesía, que por otra parte, desea que su dinero se siga multiplicando tan rápida y abundantemente como sea posible.

A siglo y medio de la publicación del primer volumen de El Capital, los descubrimientos de Marx se han popularizado a nivel mundial, alentando a los trabajadores de todo el mundo libre (donde sea que rija el derecho) a exigir mejores condiciones laborales. En Bolivia, por ejemplo, estas conquistas sociales no tardaron en consolidarse con la llegada de Evo Morales a la presidencia. En una de sus primeras medidas del año 2006 derogó el artículo 55 del decreto presidencial 21060 (que permitía el despido de empleados sin justificación) y dispuso el incremento del salario mínimo nacional en un inusitado pero necesario 13,6%. Desde aquel año, en Bolivia se ha avanzado mucho en políticas sociales de protección al trabajador, incluyendo la obligación de pagar doble aguinaldo en los años de bonanza económica general. Sin embrago, parece necesario reflexionar acerca de otro recurso social sobre el cual Marx no pudo teorizar y que permaneció en las sombras hasta el año 1970, cuando el asunto fue desempolvado por el sociólogo francés Pierre Bourdieu: el capital cultural.

El capital cultural se puede convertir en dinero, pero en su forma pura es algo totalmente diferente. Se trata del conocimiento y la técnica. Por desgracia, esta forma de capital también ha sido administrada en esa lógica antagónica de la lucha de clases. En un principio eran los reyes y los sacerdotes quienes se reservaban el monopolio de la ciencia (como sucedía en el antiguo Egipto). Posteriormente se lograron regímenes en los que algún tipo de nobleza accedía también al conocimiento (como en la Grecia y la Roma clásicas). Con la invención de la imprenta en el siglo XV se desconcentró ligeramente el conocimiento, el cual había sido acaparado por la tiranía de la iglesia católica, y esto dio lugar al “renacimiento” y al posterior “siglo de las luces” en el que florecieron las ideas de los “ilustrados” que propiciaron las revoluciones burguesas en los siglos XVIII y XIX. Así se consolidó el acceso de la burguesía al conocimiento y la técnica, quedando postergadas las demás clases sociales.

Actualmente, ya en el campo de la política latinoamericana, Bolivia es un país democrático, que ha aprendido de Marx, de Bourdieu y de muchos otros intelectuales extranjeros y nativos, pero… ¿Se ha preguntado alguna vez, el observador atento, a qué se debe el genuino respeto que muestran nuestros líderes del Estado por sus homólogos cubanos y viceversa? Seguro que no es pura nostalgia revolucionaria. Se debe a que ambos grupos de líderes se ven consagrados a un ideal excelso; a la pretensión social más filantrópica que haya anhelado la humanidad: la democratización del conocimiento. Es por eso que progresistas de todo el mundo celebran la actitud de Fidel Castro y Evo Morales, porque son líderes políticos democráticos, que cultivan y multiplican el capital cultural general abriendo el acceso a la educación a todos los ciudadanos, en el campo y en la ciudad. En contraste, existen países que institucionalizan las relaciones de dominación y consienten que algunas clases sociales concentren el capital cultural y ejerzan la explotación capitalista, condenando a los pobres a los niveles más bajos de educación o a la esclavitud perpetua a causa del endeudamiento al que se tienen que someter para pagar por la educación. Afortunadamente, el gobierno boliviano está demostrando un genuino compromiso en la lucha por poner el conocimiento y la técnica al alcance de todos.

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