Encarnizamiento en el Gobierno estadounidense

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No resulta difícil para el estudioso de las relaciones internacionales percibir la prepotencia del imperio.

Por Juan Carlos Zambrana Gutiérrez

Las personas que hayan observado mínimamente el proceder del Gobierno de Estados Unidos en el ámbito de la política internacional habrá advertido que este Gobierno sabe utilizar todos los elementos que constituyen su poderío con el fin de conquistar y defender sus intereses nacionales, ya sea por medio del poder blando (soft power) o de las sanciones económicas, la amenaza del uso de la fuerza militar y, en caso de que esto no le dé resultado, la propia intervención militar y la ocupación.

No es irresponsable ni temerario hacer estas acusaciones al Gobierno de Estados Unidos, pues para respaldar las imputaciones anteriormente mencionadas solamente hace falta repasar los casos de Cuba (coacción constante desde 1959), Irán (presión y amenaza incesantes desde 1979, con ciberataques en la fase reciente), Yugoslavia (ataque militar sin autorización de la ONU, en 1999), Afganistán (guerra y ocupación desde 2001), Irak (guerra injustificada y ocupación desde 2003), Libia (intervención militar en apoyo a los rebeldes), Ucrania (injerencia en la política interna, en la que la llamada telefónica de Victoria Nuland permite vislumbrar la planificación del cambio de régimen).

A este escueto recuento se suma la interminable lista de operaciones secretas que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) ha realizado en todo el continente americano para controlar la política en cada rincón del hemisferio.

Aun cuando el Gobierno de Estados Unidos ha explicado, en todos los casos mencionados, justificaciones morales que se adicionen a los intereses geoeconómicos, de seguridad energética y seguridad internacional, lo que mueve al gobierno del país del norte es principalmente el interés nacional, como lo expresara cínicamente Duane Clarridge (ex jefe de la división latinoamericana de la CIA) en un documental de John Pilger titulado La guerra contra la democracia, en el cual dijo: “Vamos a intervenir siempre que creamos que es un interés de seguridad nacional, y si no te gusta, te aguantas.

¡Acostúmbrate a ello, mundo! Si nuestros intereses se ven amenazados, lo haremos.”

De modo que no resulta difícil para el estudioso de las relaciones internacionales y para los políticos de todo el mundo percibir prepotencia de parte del Gobierno de Estados Unidos en el desempeño del rol que le toca asumir en la política internacional.

No obstante, lo que resulta alarmante en la actualidad es que esa desagradable prepotencia pueda transformarse en encarnizamiento, en lo referente a las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y Venezuela. El encarnizamiento se puede definir como aquella crueldad que caracteriza a alguien que se deleita o se alimenta del daño causado a otro que se halla debilitado. En ese sentido, cabe citar textualmente las palabras que el secretario de Estado, John Kerry, pronunció ante la Cámara de Representantes hace unos días: “Estamos preparados, si es necesario, para invocar la Carta Democrática Interamericana en la OEA e implicarnos de forma seria, con sanciones o de otra forma, pero la economía allí ya es bastante frágil.”

El mensaje de este discurso es muy preocupante, toda vez que se transmite la intención de afectar negativamente a la economía de todos los venezolanos y no únicamente la de los políticos del oficialismo, como se suponía que pretendían Ileana Ros-Lehtinen, Robert Menéndez, Bill Nelson y Marco Rubio, legisladores estadounidenses que están exigiendo que el recurso de las sanciones económicas sea utilizado por parte de su gobierno. Si se dice “estamos preparados para implicarnos de forma seria con sanciones” y en el siguiente momento se reconoce que la economía venezolana “ya es bastante frágil”, no se demuestra prepotencia solamente sino que se deja ver un atisbo de crueldad en contra del pueblo venezolano. Aun cuando después se pueda decir que “Washington no se plantea esa opción de forma inmediata”, el “estamos preparados para imponer sanciones a la débil economía venezolana” es un mensaje indignante, toda vez que el Gobierno de Venezuela está haciendo todo lo que está a su alcance para dar fin a la crisis de violencia callejera y criminalidad.

Afortunadamente, Estados Unidos se ha quedado solo en sus intentos por liderar a los países latinoamericanos en la actual coyuntura. Ni en la OEA, y mucho menos en la Unasur, los mandatarios latinoamericanos han hecho caso a la hoja de ruta que el Gobierno estadounidense se ha atrevido a trazar para abordar esta crisis, pues se percibe a todas luces que lo que Estados Unidos promueve y justifica hace mal a la sociedad venezolana; esto es: las protestas violentas que pretenden terminar en golpe de Estado y la guerra económica que sólo puede prolongar esta crisis y la aflicción del pueblo venezolano.

Fuente Cambio.

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