El paradigma del Chile exitoso que La Haya tira por el suelo

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Por Osvaldo Torres, decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Central.

Es importante, más allá del razonamiento jurídico del tribunal de La Haya, analizar el contexto en que se ha producido su veredicto y que tiende a reafirmar la derrota política del Estado de Chile en el campo internacional, por sobre una simple “derrota comunicacional”.

Una forma de interpretar los actuales fenómenos mundiales es el tradicional, ligado a la racionalidad de la modernidad, donde se despliegan simplificadamente dos tipos de discursos, uno vinculado a la defensa del crecimiento económico en su forma capitalista que daría bienestar, autonomía personal y libertad cada vez mayor a la población si este se expande a través del libre mercado y con la menor regulación de los Estados nacionales que sea posible. El otro plantea que el crecimiento económico debe regularse para evitar las crisis cíclicas del capitalismo que incrementan la destrucción de bienes, concentran más la riqueza y lanzan a la pobreza a más personas, haciendo retroceder las libertades y la autonomía individual. Se podría decir que este es el debate que marcó a los siglos XIX y XX y que estaba en los orígenes de la Revolución Francesa y la Ilustración occidental.

Sin embargo, hoy es casi un lugar común afirmar que asistimos a un cambio de época, aunque resulta difícil que las consecuencias de esa afirmación sean consideradas al momento de obrar políticamente, pues no hay parámetros claros, teorías y modos de hacer que permitan resolver los nuevos y viejos problemas que se agravan. Es que asumir el “cambio epocal” implica cuestionar las bases filosóficas, los sentidos de ver y estar en el mundo y con nuevas categorías enfrentar las dificultades actuales.

Como la presencia de la barbarie humana en plena “civilización”; las desigualdades y la concentración del poder y los ingresos ante sistemas financieros fuera del control político; la concepción monocolor de la nación y la desvalorización de los pueblos orginarios, etc. En todos estos temas Chile emerge como un país atrasado, viviendo en el viejo paradigma del extractivismo, de la carencia de inversión en conocimiento, del tinte racista y discriminador de sus relaciones sociales.

En el viejo debate hay zonas importantes del conocimiento que quedan marginadas, tales como la posibilidad actual de la destrucción de la vida humana en el planeta, sea por la guerra o la destrucción del geosistema; los límites del crecimiento económico por la sobreexplotación de los recursos naturales; la crisis y escasez del agua por el cambio climático; la producción de energía contaminante como base del crecimiento; así como la presencia de la barbarie humana en plena “civilización”; las desigualdades y la concentración del poder y los ingresos ante sistemas financieros fuera del control político; la concepción monocolor de la nación y la desvalorización de los pueblos orginarios, etc.

En todos estos temas Chile emerge como un país atrasado, viviendo en el viejo paradigma del extractivismo, de la carencia de inversión en conocimiento, del tinte racista y discriminador de sus relaciones sociales, con una estructura Constitucional de tiempos dictatoriales y con una clase dominante que estruja al país y sus habitantes, pero que no vive según los preceptos que le impone. Es en este sentido que Chile está más próximo a la orfandad de la agresiva y militarista Israel que al prestigio de Uruguay. Más cerca de Estados Unidos que de sus países vecinos; incluso más lejos del presidente Santos y su acuerdo con las FARC y más cerca de Uribe, el viejo aliado de Piñera.

El Papa actual sirve para ratificar lo anterior. Si uno analiza sus discursos en Bolivia, hay elementos constitutivos de este nuevo paradigma que están reordenando a la geopolítica mundial y que sitúan a ese país en la tendencia mundial de la aceptación de la diversidad, lo plural, lo democrático, del respeto a los pueblos originarios y de la naturaleza. Las alabanzas del Papa a la Constitución plurinacional boliviana impulsada por Evo Morales son inequívocas: “Bolivia está dando pasos importantes para incluir a amplios sectores en la vida económica, social y política del país; cuenta con una Constitución que reconoce los derechos de los individuos, de las minorías, del medio ambiente, y con unas instituciones sensibles a estas realidades. Todo ello requiere un espíritu de colaboración ciudadana, de diálogo y de participación en los individuos y los actores sociales en las cuestiones que interesan a todos”.

Sus afirmaciones sobre el modelo de desarrollo no son menos categóricas: “Si la política se deja dominar por la especulación financiera o si la economía se rige únicamente por el paradigma tecnocrático y utilitarista de la máxima producción, no podrán ni siquiera comprender, y menos aún resolver, los grandes problemas que afectan a la humanidad. Es necesaria también la cultura, de la que forma parte no solo el desarrollo de la capacidad intelectual del ser humano en las ciencias y de la capacidad de generar belleza en las artes, sino también las tradiciones populares locales –eso también es cultura– con su particular sensibilidad al medio de donde han surgido y del que han salido, al medio que le da sentido (…). No se puede permitir que ciertos intereses –que son globales pero no universales– se impongan, se sometan a los Estados y organismos internacionales y continúen destruyendo la creación”.

Y, respecto del valor de la protección de la naturaleza, el Papa afirmó en Bolivia que: “Ecología integral –y me arriesgo– supone ecología de la madre tierra, cuidar la madre tierra; ecología humana, cuidarnos entre nosotros; y ecología social, forzada la palabra. Como todo está relacionado, nos necesitamos unos a otros”.

Es en parte por lo anterior, pero también por errores de la política exterior chilena, que se ha perdido en La Haya. No es una derrota circunstancial o “comunicacional”, ha sido una derrota al orgullo de las elites que creían estar viviendo en la vanguardia del desarrollo como los nuevos tigres, cuando en realidad estaban representando los estertores de un modelo de crecimiento que no satisface a las mayorías y que pone en riesgo la vida en la Tierra.

Esto le fue advertido en febrero del 2015 y a su manera por el ex presidente uruguayo José Mujica: “Nosotros hemos deseado siempre que Bolivia tenga su salida al mar”. El Papa remató: “El desarrollo de la diplomacia con los países del entorno, que evite los conflictos entre pueblos hermanos y contribuya al diálogo franco y abierto de los problemas, hoy es indispensable. Y estoy pensando acá en el mar: diálogo, es indispensable. Construir puentes en vez de levantar muros”.

Es hora de que Chile se actualice y aleje los demonios nacionalistas. Es impresentable que el presidente de Bolivia pida diálogo y sea ahora la Cancillería chilena la que se niega.

Publicado por:  Universidad Central, Santiago de Chile.   El Mostrador (30 septiembre 2015).   Consulado de Bolivia en Rosario, Argentina.

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