“Las luchas sociales han marcado mi vida y mi obra”: Radio Wayna Tambo entrevista a Víctor Montoya

Radio Wayna Tambo (enero 2012)
 La presente entrevista al escritor Víctor Montoya (La Paz, 1958), que actualmente se encuentra en la ciudad de El Alto, fue realizada por Mariana Muñoz y Daniel Peñaranda, para el programa “Laberintos Literarios” de Radio Wayna Tambo.

Laberintos Literarios (L.L.).- Quisiéramos pedirte que nos comentes un poco sobre ti, sobre tu infancia y sobre el proceso dictatorial tan duro que te tocó vivir. Naciste en La Paz, pero el destino hizo que vivas en Potosí. ¿Qué significó para ti vivir en los centros mineros de Llallagua y Siglo XX?

Víctor Montoya (VM).- En realidad, creo que la infancia es uno de los pilares en la formación del ser humano y que la formación del individuo depende de su entorno inmediato, del entorno social en el cual vive; de manera que, para mí, el hecho de haber vivido desde mi infancia en las minas del norte de Potosí, en Llallagua, Catavi, Siglo XX, ha significado muchísimo, no solamente porque permitió formar mi carácter, mi personalidad, mis concepciones ideológicas, sino, además, porque determinó mi carrera literaria. Gran parte de mi obra gira en torno a la temática minera, por eso mismo creo que, el hecho de haber vivido durante mi infancia en los centros mineros, ha sido determinante en todo lo que hoy constituye ese mundo que he ido creando y recreando a partir de los recuerdos de la infancia, a partir de esas experiencias no sólo personales, sino también colectivas. Los mineros forman parte de mi obra, porque forman parte de mi vida. El Tío de la mina, por ejemplo, que es un personaje demoniaco que habita en el vientre de la Pachamama, en los tenebrosos socavones donde están esos gigantes de la montaña, que pelean cada día contra las rocas, donde están esas luchadoras amas de casa, que trabajan en esas pampas polvorientas, tratando de buscar un pedazo de pan para dar de comer a sus hijos. Así que esas luchas sociales, ese movimiento sindical minero combativo, han marcado definitivamente mi vida y mi obra.

L.L.- ¿Cuál fue tu experiencia durante las dictaduras militares?

VM.- Es evidente que nosotros, los hijos de los mineros, hemos estado siempre apoyando la lucha de nuestros padres; de modo que esa lucha, que se llevó a cabo en los años ’60 y ’70, cuando el movimiento sindical estaba ya completamente consolidado, nos comprometió a todos. En las minas de Siglo XX y Llallagua se habían creado los laboratorios de la revolución boliviana, pues allí, desde principios del siglo XX, se hicieron rodar los dados de la suerte histórica del país, no sólo porque las minas constituían la columna vertebral de la economía nacional, sino también porque en los centros mineros se formaron los dirigentes sindicales más importantes que tuvo el país. Las minas, si volteamos la mirada hacia atrás, traen un montón de procesos políticos que están llenos de masacres, huelgas, protestas constantes, victorias parciales y derrotas contundentes. Para citar un ejemplo, a mí me tocó ser testigo ocular de una de las masacres más horrendas que se perpetraron en las minas de Siglo XX, Catavi y Llallagua. Ocurrió la noche del 23 de Junio de 1967, cuando el ejército rodeó la población minera y empezó a disparar armas de fuego, asesinando a las personas que, en ese momento, estaban todavía celebrando la noche de San Juan, sentados alrededor de las fogatas. Al día siguiente de la masacre, me tocó ver a esos trabajadores asesinados en las calles, a una mujer que estaba en su último mes de embarazo y que al tronarle el bazucazo la hizo volar por los aires y la distribuyó contra la pared. Era el mismo año en que las tropas militares estaban combatiendo a las guerrillas del Che en Ñancahuazú. Yo tenía por entonces nueve años de edad y este tipo de acontecimientos luctuosos, como es natural, son determinantes en la formación de la personalidad de alguien como yo, que, tiempo después, decidí hacerme escritor, justamente, de este tipo de tragedias que tuvieron lugar en las minas. Por tanto, el hecho de haber vivido durante mi infancia en esos centros mineros, fue determinante en mi vida y en mi carrera literaria. Me considero desde siempre un autor que lleva la impronta de las experiencias de la lucha de los obreros, de sus derrotas, pero también de sus victorias.

L.L.- Viviste una dura época de persecución que te llevó al exilio. ¿En qué medida esto fue capital para que determine tu obra y vida literaria?

VM.- Un muchacho que vive este tipo de experiencias en carne propia, que es testigo ocular de una masacre, es natural que asuma una conducta política revolucionaria, en un intento por resolver los problemas sociales por las buenas o por las malas. Así, a los diez u once años, empiezo a despertar al mundo político, tratando de vincularme a un partido de la izquierda de la izquierda. Es decir, un partido que, para resolver los problemas de las discriminaciones sociales y raciales, y la explotación del hombre por el hombre, planteaba la concepción de la insurrección armada. Entonces empiezo a asumir una conciencia no sólo de clase, sino también una conciencia política, que me acerca a los programas del movimiento obrero, y, consiguientemente, empiezo a hacer un trabajo político en el colegio, donde me convierto en dirigente de los estudiantes de secundaria, con el objetivo de que este sector actúe como aliado nato de los obreros, que son nuestros padres, y conjuntamente con nuestras madres, que son las amas de casa.

En  junio de 1976, semanas después del Congreso Minero realizado en Corocoro, al que asistí como representante de los estudiantes de secundaria de la provincia Bustillo, se produce otra intervención militar a las minas. Resulta que el mismo día en que los estudiantes salimos en manifestación junto a los obreros, en defensa de la libertad del fuero sindical, vemos que el ejército, conducido en caimanes, se está metiendo otra vez a las minas por la carretera principal. Rompemos inmediatamente la manifestación, nos dispersamos y yo busco refugio en el interior de la mina, donde ingresaron los dirigentes sindicales, los dirigentes políticos, los dirigentes estudiantiles y la dirigente de las amas de casa. Allí estaba doña Domitila Chungara, quien estaba en su último grado de embarazo e iba a tener mellizos. La idea era conformar los sindicatos clandestinos para seguir dirigiendo, desde el interior de la mina, la huelga nacional. Sin embargo, pocos días después, la sacamos a doña Domitila porque estaba a punto de dar a luz y porque su caso era crítico. Con todo, a pesar de los esfuerzos desplegados, perdió a uno de sus mellizos en una casa del campamento.

Ésta es otra experiencia bastante impactante para un adolescente que está en un proceso de lucha y que se sabe que en un proceso de lucha se dan este tipo de acontecimientos que son inesperados e insuperables. Estoy por un tiempo en el interior de la mina, pero tengo que salir clandestinamente de Siglo XX y buscar refugio en otro sitio. De esta manera decido salir a la ciudad de Oruro, junto a un grupo de dirigentes mineros. A los dos o tres meses de estar clandestino en esta ciudad, alguien nos delata, y, un día cualquiera, sentimos cómo una tropa combinada de militares y policías del Departamento de Orden Político (DOP) se meten en la casa, empujan la puerta y nos detienen en el acto. Esta operación formaba ya parte de aquello que luego se conocerá como el “Plan Cóndor” o la “Operación Cóndor”, que es un proceso político que está viviendo el Cono Sur de América Latina.

Pienso que mi primer libro de cuentos, que titula “Cuentos violentos”, refleja las atrocidades de la llamada “Operación Cóndor”, que fue una maquinaria de exterminio que se estableció durante la época de las dictaduras militares. Yo no me enteré, sino 17 años después de haber estado en el exilio, de que había sido una más de las víctimas de la “Operación Cóndor”. ¿En qué consistió la “Operación Cóndor”? Resulta que el año 1974, el jefe de la DINA (inteligencia operativa chilena), dirigida por Manuel Contreras, reúne a los altos capos del ejército y de la policía de cinco países del Cono Sur: Paraguay, Chile, Argentina, Uruguay y Bolivia, y conforman un aparato que tenía el objetivo de liquidar toda sombra de protesta que venía desde el lado de la izquierda o, por lo menos, toda sombra de resistencia contra los planteamientos que tenían los regímenes militares.

En diciembre de 1989, Martín Almada, un abogado que fue preso político de una de las dictaduras más viejas en América Latina, como fue la dictadura del Paraguay, retorna a su tierra natal una vez muerto Alfredo Estroesner, con la intención de buscar en los archivos secretos de la policía paraguaya el porqué lo habían detenido y torturado. Se dirige a las dependencias de una policía ya abandonada en las afueras de Asunción y, tratando de buscar sus datos en los archivos, se encuentra con toneladas de papeles y fichas que habían acumulado en el Paraguay los esbirros de las dictaduras que cometieron toda clase de atropellos de lesa humanidad. En esas toneladas de papeles, que luego se conocieron como los “archivos del terror”, se daban cifras impresionantes de la cantidad de gentes que desaparecieron, de la cantidad de gentes que fueron torturadas, de la cantidad de gentes que purgaron en las mazmorras de las dictaduras militares. Las cifras son asombrosas, se habla de 30.000 desaparecidos, 50.000 asesinados y más de medio millón de presos políticos. Esto empieza en 1974 y termina en 1982. O sea todo un proceso en el que se usaron, por ejemplo, los mismos instrumentos de tortura que ellos aprendieron de los mercenarios que participaron en las guerras imperialistas y que luego se convirtieron en instructores en la Escuela de las Américas en Panamá. Uno de sus buenos alumnos fue también Hugo Banzer Suárez. Los métodos de tortura que se usaron en estos cinco países del Cono Sur eran similares. A mí los que me torturaron en La Paz eran argentinos, porque el “Plan Cóndor” tenía el objetivo de realizar un trabajo mancomunado entre estos cinco países, en que las fuerzas policiales cooperaban y se pasaban la información por encima de las fronteras nacionales. En las cárceles y en las casas de seguridad se aplicaban a los presos la “maquinita de picar” carne humana, el “submarino”, el “simulacro de fusilamiento”, las quemaduras y la “percha del loro”. Éstos fueron algunos de los instrumentales que usaron las dictaduras militares. Aunque parezca extraño, yo llevo todavía las secuelas de la tortura en el cuerpo y el alma. Pero, como dije antes, yo no estaba enterado de que formaba parte de la “Operación Cóndor”, y, sin saberlo, comencé a escribir, como una forma de rememorar los métodos de tortura o, si se quiere, como una forma de terapia, los cuentos que constituyen mi primer libro, “Cuentos violentos”, en el cual describo de manera detallada, inclusive de forma descarnada, el proceso de los mecanismos de tortura que se usaron contra los presos políticos.

Creo que un individuo, que lucha para que los hambrientos tuvieran un pedazo más de pan, sabiendo que la lucha por un pan no es un delito contemplado en el Código Penal, no debería de ser condenado a la prisión. Torturar a los seres humanos que están luchando por la justicia social, pareciera un contra sentido, algo que va contra la razón humana. Por lo tanto, apresar, torturar, exiliar y asesinar a quien no hace otra cosa más que luchar por la justicia social, es un atentado contra los principios más elementales de los Derechos humanos.

Cuando salgo al exilio, salgo sin saber dónde quedaba el país que me acogería como refugiado político. Es decir, no soy el típico emigrante que va a los Estados Unidos para ganar dinero o que viaja a Europa porque le parece que es una cultura mucho más interesante que la suya. A mí vinieron a recogerme de la cárcel dos agentes del Ministerio del Interior para exiliarme. Yo estaba en ese entonces, después de haber pasado por el Panóptico Nacional del San Pedro, en Viacha, debido a que nos trasladaban de una prisión a otra, para evitar que se tramaran planes de fuga. Estando en Viacha, llegan dos agentes del DOP de La Paz y me dicen que aliste mis cosas, yo, prácticamente, no tenía nada que alistar. Luego me llevaron hasta las dependencias del Ministerio del Interior, me lo consiguieron un salvo conducto, una especie de pasaporte con una fotografía mía, que me sacaron ahí mismo. Después, los mismos agentes me llevaron en la furgoneta hasta el aeropuerto de El Alto, desde donde me embarcaron rumbo a Suecia. Cuando llego al aeropuerto de Arlanda, en Estocolmo, sin más ropas que las que llevaba puestas, me enfrenté a unos 15 grados bajo cero y a dos metros de altura de nieve. Nunca había visto tanta nieve en mi vida, a pesar que siempre viví en los Andes. Mi experiencia refleja el típico caso de un exiliado político a quien lo cogen y lo expulsan del país como a una persona no grata. Como decía, no elegí el país dónde ir ni las circunstancias, yo formo parte de esa categoría de exiliados políticos que salieron forzados por la dictadura militar; es más, los dos agentes, que me llevaron al aeropuerto, me aconsejaron: “No vuelvas más, porque si vuelves, te van a volver a joder”. Yo salí gritando y, cuando volví al país, volví otra vez a gritar.

¿Qué ocurre?, ocurre que esta primera etapa en mi vida literaria tiene mucho que ver con eso que se denominó la “Operación Cóndor”, con el proceso de las dictaduras militares y el problema de las masacres mineras. Después tengo el otro libro que corresponde a mi etapa en el exilio y que se llama, justamente, “Cuentos en el Exilio”, en el que empiezo a escribir y describir las experiencias de un hombre que, a diferencia de algunos otros emigrantes que salen del país en busca de fortuna, está condenado a soportar el exilio contra su voluntad. Por suerte, llegué a Suecia en una época en que la Socialdemocracia había logrado establecer el bienestar social, a partir del respeto a la dignidad y los derechos humanos, en una etapa en la que había una solidaridad completa, no sólo con los procesos de lucha en América Latina, sino también con los procesos de lucha en África y en Asia. Yo llego en un preciso momento en que los suecos me abren los brazos de manera solidaria, porque estoy llegando en condición de exiliado político. Es decir, de alguien que ha sido expulsado de su país, no de alguien que está yendo a quitarles el trabajo, no de alguien que está yendo a quitarles el espacio. En Suecia conozco a otros exiliados políticos provenientes de la Argentina, del Uruguay, de Chile, del Paraguay, no éramos muchos, pero aparentemente todos habíamos estado vinculados, de una u otra forma, a los movimientos populares enfrentados a las dictaduras militares.

Mis “Cuentos en el Exilio” tratan sobre esta experiencia, pero también sobre el resurgimiento de los movimientos neonazis en Europa, que traen todo aquel letargo que había en Alemania después del nazismo de los años 30 ó 40. Resurge también una nueva derecha contra la inmigración, sobre todo, africana; una realidad que se refleja en mis cuentos, aparte de los cuentos que abordan el tema de las añoranzas. Yo he vivido siempre pensando en mi patria, añorándola, y, mientras he viajado a otros países dentro y fuera de Europa, he llevado siempre una Bolivia portátil. Allí donde iba, abría mi maletín y me salía esa Bolivia con sus tostados, sus charques, su singani, su música, sus quenas, sus aguayos; en fin, esa Bolivia que iba conmigo, era una Bolivia portátil. De modo que nunca he logrado deshacerme del país; es más, creo que gran parte de mi obra, por lo menos un 90% de toda mi obra, trata sobre Bolivia y los bolivianos, porque en mis libros se reflejan los mil rostros del país, todas las lenguas que se hablan y todas las topografías que existen. Pienso que mi obra está constituida por una Bolivia contemplada desde afuera y desde adentro, quizá ésta sea una de las variantes que me diferencia de otros escritores. Siempre dije que en Bolivia no existe otro escritor que haya pasado por la persecución y los sistemas de tortura para contarlo en primera persona, porque yo, para relatar las torturas en mis cuentos, no he tenido la necesidad de recurrir a voces prestadas. Pero, claro, al contarlo en primera persona, también quise contarlo por aquellos otros compañeros que pasaron desapercibidos o quedaron en el anonimato, por eso digo que mi obra es un poco de carácter personal, pero también de carácter colectivo.

L.L.- Volviste al suelo boliviano después de 30 años. ¿Cuál es el sentimiento que tienes? Además, el país ha cambiado bastante en estos 30 años.  ¿Y cuál también ha sido este impacto, la visión y la lectura que tienes del país al volver?

VM.- La Bolivia que yo he dejado no ha quedado estática, aunque yo siempre he tenido una Bolivia portátil; de modo que siempre he estado comunicado a través de Internet, a través de la prensa nacional. He seguido lo que Bolivia era y lo que es como cualquier otro boliviano que está fuera del país; es más, los bolivianos que vivimos en el extranjero, a veces, somos mucho más bolivianos, aprendemos a bailar el huayño, la cueca, algo que no hacíamos mientras vivíamos en el país; es increíble, nos bolivianizamos de alguna manera estando fuera del país, porque contemplamos con añoranza nuestro pasado, nuestra infancia, nuestra juventud. Por lo tanto, creo que nunca he estado lejos del terruño nacional, el país siempre ha vivido cerca de mí y yo he vivido cerca de él.

De los procesos de cambio me di cuenta desde hace tiempo. Cuando Evo Morales asume la presidencia, por ejemplo, yo me encontraba en España en un festival de escritores, y los periodistas me preguntaban qué opina sobre este proceso. Mi respuesta era que todo eso que estaba sucediendo en Bolivia me parecía un hito histórico, porque por primera vez se estaba dando la posibilidad de que un indígena pueda ser presidente. Estaba seguro de que en un país como el nuestro, de alguna forma, tenían que darse los cambios tanto en lo político como en lo económico. Ahora bien, que después de este proceso de cambio no se hayan cumplido las promesas ni muchos de los programas de gobierno, es otra historia. Necesitamos los cambios, pero quizás necesitamos otros actores que encabecen estos cambios; eso, de todas maneras, lo decidirá el pueblo en el plano de la democracia y bajo un régimen de consenso. Si hay algo que yo he aprendido en Europa es que todo es posible en el marco de la democracia. Es decir, apuesto siempre mucho más por las democracias que por las dictaduras, creo que toda actitud despótica, como la que suele asumir a veces el gobierno boliviano, no es lo mejor para el país, porque mientras nos movamos en un parlamento democrático, mientras el gobierno escuche mucho más al pueblo, creo que marcharemos mucho mejor. Lo que si debo de acentuar es que los cambios sociales hacían falta en el país, pues sufrimos más de 500 años una forma de Apartheid boliviano, donde el indio era indio, el mestizo era mestizo y el blanco era blanco. Yo siempre consideré que una Bolivia dividida en clases sociales y en razas era una suerte de una Bolivia quebrantada. Sin embargo, siempre consideré que todos los bolivianos somos hermanos, a pesar de que un movimiento derechista del oriente pretendió dividir el país. Siempre consideré que los bolivianos somos una mezcla enorme de culturas y de razas, y creo que esa mezcla de razas y culturas nos convierte en un país rico en varios sentidos. Lo que pasa es que nosotros nunca supimos aprovechar todo esto, como ocurre con nuestras materias primas. Somos ricos en materias primas, pero parecemos un mendigo sentado en una silla de oro.

Estoy acostumbrado, después de vivir muchos años en Europa, a que el problema de la multiculturalidad, el multilingüismo, son valores adheridos al valor que se tiene como nación, porque la diversidad cultural y las diferentes lenguas, en lugar de empobrecernos, nos enriquecen. Por eso nunca entendí el problema de que hay que dividir al hermano del hermano. A mí me ha tocado vivir en Europa una experiencia histórica, como la que fue la caída del stalinismo. Pienso que quienes hemos vivido de cerca el desmoronamiento del bloque Soviético después de la Perestroika, para quienes hemos observado de cerca el desplome del Muro de Berlín en 1989, que era un muro que atravesaba la ciudad, dividiendo al hermano del hermano y a la madre del hijo. Este muro fue el símbolo más absurdo que se erigió en el mundo político contemporáneo, pero por suerte las masas, el descontento popular, procuran que las dictaduras más fuertes y las cortinas de hierro caigan un buen día, eso me tocó experimentar en Rumanía, donde una turba de gente enardecida agarró al dictador Nicolae Ceaușescu, le siguieron un juicio rápido y lo mataron como a un perro en las afueras del palacio de Bucarest. Me toco experimentar la caída del general Jaruzelski en Polonia, porque cuando el Papa llegó de Roma, la gente, que antes se declaraba abiertamente comunista y atea, sacó sus cruces debajo de las camas y se enfrentaron al comunismo hasta derrotarlo. Estos hechos los viví de cerca gracias a mi exilio en Europa, de ahí que puedo decir que el exilio no sólo fue desgracias, sino que también me dio las posibilidades de estudiar, la posibilidad de escribir y la posibilidad de poder experimentar esa otra realidad que está un poquito más allá de la nuestra. Por eso mismo, cuando todavía hay compañeros que a mí me hablan de que es posible levantar un Estado al estilo de la Unión Soviética, yo les digo que no, porque eso sería como no haber aprendido la lección. La primera lección que hay que aprender es que ni las dictaduras de izquierda ni las dictaduras de derecha nos sirven para un proceso de cambio y para un proceso democrático, yo apuesto por la democracia, por una democracia mucho más pluralista, más participativa, donde los ciudadanos tengamos los mismos derechos y las mismas responsabilidades.

L.L.- ¿Y cuál es tu opinión respecto a las nueva generación de escritores bolivianos?

VM.- En cuanto a la literatura, opino que hay una ruptura entre una generación más vieja, o la generación que viene más o menos hasta los años ’70 en Bolivia, y la que se produce a partir de los ’70 para adelante. No hablo mucho de generaciones porque, en realidad, nosotros somos siempre el producto de generaciones pasadas, nosotros aprendemos de nuestros padres y nuestros padres de nuestros abuelos, y en la literatura los escritores jóvenes aprendemos también de nuestros antepasados, de esos escritores que escribieron obras decimonónicas, de esos grandes autores de 1900, quienes escribieron sobre el campo, las minas y las ciudades, cada cual con su estilo. Ahora bien, lo cierto es que la generación nueva de escritores surge bajo el impacto de la literatura latinoamericana que irrumpe a partir de los años ’60, cuando se da el boom de la literatura latinoamericana, donde hay escritores como García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, Carlos Fuentes y Roa Bastos, quienes aprendieron, a su vez, de otros maestros como Alejo Carpentier y Juan Rulfo.

La nueva generación de escritores bolivianos asumen con seriedad su oficio y trabajan de manera consciente con la palabra escrita, ya que antes se escribían novelas para contar una realidad determinada, por ejemplo, en “La Chaskañawi”, Carlos Medinaceli nos cuenta una tragedia amorosa en el ámbito rural, como Jaime Mendoza, “En las tierras del Potosí”, nos cuenta sobre la realidad de los mineros en Llallagua. Lo que quiero decir es que la nueva generación de escritores trabaja de un modo más consciente con la palabra escrita. Es decir, se convierten en artesanos de la palabra escrita, revisan mucho más sus versos, relatos y novelas, y estamos empezando a tener una generación de escritores, en cada uno de los géneros literarios, que actualmente pueden medirse con otros destacados escritores de América Latina. Somos una de las pocas generaciones que, a partir de los años ’70, hemos intentado que nuestra literatura trascienda más allá de las fronteras. Tenemos que considerar que nuestra literatura, aproximadamente hasta los años ’80, era una señora desconocida en el contexto de la literatura latinoamericana y mundial. En las enciclopedias hispanoamericanas de literatura, los autores bolivianos brillan por su ausencia. Cualquier lector que vaya y busque en antologías internacionales de poesía o de cuento, puede constatar que los autores bolivianos no existen. En cambio hoy, desde hace más o menos unos 10 años, se ha empezado a considerar a la literatura boliviana como una literatura válida y aparece, con legítimo derecho, en las antologías internacionales, está considerada en las enciclopedias y se hacen incluso estudios minuciosos sobre la obra de algunos de los autores.

Por otra parte, la nueva generación cuenta con los medios de difusión electrónicos, con medios técnicos que antes no tenían los escritores. Ahora contamos con Internet, podemos comunicarnos a través de facebook, cualquiera puede hacer su blog, uno puede armar una página web; antes esto no era posible, por eso es que muchos escritores del pasado han pasado desapercibidos. Hoy en día, sin embargo, la gran técnica nos da la posibilidad de llegar al mundo. Yo mismo, por ejemplo, soy un escritor hecho por Internet, extrañamente, todas mis obras han circulado por Internet, la gente ha leído mis libros en Internet. Mis libros, en soporte papel, están empezando a publicarse en Bolivia recién desde hace unos meses atrás, gracias a que una editorial quiere hacerse cargo de la publicación de toda mi obra para que tenga una circulación nacional. Además, hoy en día cualquiera puede ser escritor, sobre todo, si machaca el oficio; de modo que ésta es mi opinión sobre la generación del pasado y la nueva generación de escritores. La generación de escritores jóvenes, de alguna manera, está empezando también a retomar algunos temas que antes no se contemplaban en la literatura boliviana, como la temática erótica, la ciencia ficción o la literatura fantástica. Éste es otro de los cambios fundamentales en el mundo de la literatura boliviana contemporánea.

L.L.- ¿De todos los autores que has tenido la oportunidad de leer hay alguno que haya influido de alguna manera en tu obra o ha sido modelo a seguir?

VM.- Creo que tuve muchos modelos, por ejemplo, los autores del llamado boom de la literatura latinoamericana. Los he leído a todos ellos, a algunos, como a Cortázar, los empecé a leer estando en la cárcel y a los demás los leí estando en el exilio. Pero, de alguna manera, me he considerado siempre un seguidor o por lo menos un admirador de aquello que, quizás, no es tan literatura, pero que a mí me gusta, como es la obra de Eduardo Galeano; es más, siempre he creído que un país como el nuestro necesita mucho más Galeanos que Vargas Llosas. Por qué digo esto, porque considero que un escritor como Eduardo Galeano, a quien le hice una entrevista en 1982, el mismo año en que le concedieron el Premio Nobel de Literatura a García Márquez. Nos enteramos de la noticia lanzada por la Academia Sueca, precisamente, durante una conferencia que estaba dando Geleano en Estocolmo. A mí me pareció genial la obra de Galeano por dos razones; primero, porque tiene la capacidad de darle la vuelta al pastel y contar la historia oficial de una manera in-oficial, como quien cuenta la historia de los de abajo y no la historia de los de arriba, que es la historia que nosotros hemos aprendido de los colonizadores; y, segundo, porque maneja una técnica literaria que no es poesía ni crónica, que no es periodismo ni novela, sino una técnica y un estilo que rompen la cabeza de los doctores de la literatura. Esto mismo me dijo Eduardo Galeano cuando le pregunté si acaso su obra, que en ese momento incluía su trilogía la “Memoria del Fuego”, era una obra épica, si acaso era una poesía en prosa, si acaso era una suerte de relatos breves, y me dijo: “¿Y tú eso dónde lo leíste?”. Y añadió: “Si eso es lo que piensan los críticos de la literatura, entonces estoy avanzando por buen camino. Si les rompo la cabeza a los académicos de la literatura con este tipo de obras, que ellos no saben si clasificar como novelas, cuentos o ensayos, entonces queda claro que estoy haciendo un nuevo tipo de literatura”. La forma de escribir de Galeano es un tipo de prosa que yo mismo hubiera querido hacer. Es decir, yo hubiera querido ser el Galeano boliviano y escribir una especie de historias, de prosas breves, queriendo reescribir la historia de este país, donde hay mucho por rescribir. Por lo tanto, si hay un autor al que más o menos podría tomarlo como modelo, ese sería Eduardo Galeano, sin desmentir, al mismo tiempo, que me gustan también escritores como Cortázar, que a mí me ha fascinado muchísimo con sus libros, García Márquez, Carlos Fuentes, el mismo Rulfo y Vargas Llosa, de quien he leído varias de sus obras. Evidentemente no coincido con sus opiniones políticas, pero eso no quiere decir que no me guste su literatura. Yo siempre he dicho que, por citar un caso, Borges era un genio en literatura, aunque un idiota en política.

L.L.- ¿Cuáles son tus proyectos durante tu estancia en Bolivia?

VM.- Tengo varios proyectos. He venido con muchos sueños. No he traído en mis maletas ropas ni dinero, sino sueños, he traído ilusiones. Mis dos maletas me pesan mucho, porque están cargadas de proyectos y de ilusiones, que, muchas veces, pesan más que los zapatos y las ropas. Entre una de las cosas que traje en mente, y que está en proceso de desarrollarse, es la creación de una facultad de Literatura Infantil y Juvenil en las universidades y normales bolivianas. Aparte de esto existe el proyecto, a través de la Academia Boliviana de Literatura Infantil y Juvenil, de crear un Instituto que tenga que ver, justamente, con este sector al que no se lo ha tomado muy en serio en Bolivia, aunque la literatura infantil es tan importante como la destinada a los adultos, ya que determina el futuro de cualquier lector, ya que a través de ella se despierta el hábito a la lectura que empieza en la infancia como todo lo demás.

Por otra parte, y tomando en cuenta que los escritores en nuestro país estamos necesitando de un medio que permita difundir lo que estamos creando, tengo la ilusión de crear una revista literaria, que se aparte un poco de lo que son los suplementos literarios de los periódicos nacionales y que, de alguna manera, sea una ventana abierta hacia el exterior. Esto quiere decir que, además de tener una revista en soporte papel, será necesario crear una página web, para que se lean los mismos textos en Argentina, España y otros países, porque el gran problema que tenemos nosotros, quienes escribimos, quienes publicamos libros y quienes editamos revistas, es que estamos muy acorralados en nuestro país, como atrapados entre las altas montañas de la cordillera y la inmensa selva amazónica. Nuestra literatura no trasciende, nuestros libros no van más allá de donde se publican, nuestras revistas no van más allá de nuestras fronteras. Entonces tenemos que empezar a buscar un medio para romper estos cercos y saltar las vallas, crear una revista de circulación nacional e internacional. Éstos son los proyectos casi inmediatos, los que a mí se me ocurren, los que creo que hacen falta en el país, porque así lo he contemplado desde afuera. creo que ganas no faltan, creo que el material humano no falta, creo que hay mucho entusiasmo por quererlo hacer, el problema es simplemente que esto hay que articularlo, hay que organizarlo, hay que planificarlo, hay que dar una estrategia y hay que realizar algunos movimientos tácticos para que esto pueda salir adelante.

Si el país me recibe con los brazos abiertos, para que aporte un poquito con mi experiencia, pues allí estoy. De lo que se trata es que cada cual aporte con su granito de arena y yo tengo mi granito y quisiera aportar con eso a este cerro enorme que ya es este país. El entusiasmo siempre está allí, el problema es si las autoridades quieren o no usar tus conocimientos. De todos modos, ahí estoy, como un artesano que espera con su cajita lista, que hace de albañil, sastre, zapatero, fontanero, etcétera. Estoy como esos maestros de siete oficios, a la espera de que alguien me contrate, para que ponga en práctica lo que sé hacer.

L.L.- ¿Cómo fue el proceso de elaboración del libro “Huelga y Represión”?

VM.- “Huelga y represión” es el primer libro que escribí estando en la cárcel, en realidad, es un libro de testimonio que relata la etapa de la represión en las minas y la represión política del año 1976. Yo relato ese proceso, que duró unos cuatro o cinco meses, desde el momento que se inicia la huelga, tras el Congreso Minero en Corocoro en mayo del ’76, hasta que caigo en la prisión, donde sufro una secuencia de torturas que comenté anteriormente. Entonces, “Huelga y represión” no es más que el relato real de lo que ha sido el proceso de intervención militar en las minas, la represión política, la tortura y todo eso que tuvo consecuencias fatales en la historia nacional. Ahora bien, para que se entienda mejor lo que digo, tengo que contar cómo lo escribí. Un día vino a mi celda un agente del Ministerio del Interior, me pasó un cuadernillo y un bolígrafo, para que escribiera los nombres de mis compañeros que estaban en ese proceso de lucha contra la dictadura. Pero nunca más volvió el agente y yo usé, en el Panóptico Nacional de San Pedro, el mismo cuadernillo y el mismo bolígrafo para escribir, con letra menuda y apretada, lo que llegaría a ser “Huelga y represión”. Cuando salí al exilio, el manuscrito estaba en mi maletín, pero sólo una parte, porque la otra estaba en poder de mi madre, porque cuando ella venía a visitarme en la cárcel, yo le mandaba los papelitos en los doblajes de mi pantalón, porque había un control de todo lo que se sacaba y metía en la cárcel. El libro se publicó el año 1979, cuando tenía 21 años de edad, con todos los errores que esto implica. Por lo demás, “Huelga y represión” es un libro que está a medio camino entre la crónica periodística y el testimonio pasional, y cuyo tema central tiene que ver con la huelga minera de 1976.

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Una respuesta to ““Las luchas sociales han marcado mi vida y mi obra”: Radio Wayna Tambo entrevista a Víctor Montoya”

  1. Emilia Sambrana Says:

    Sería maravilloso que las autoridades del Ministerio de Educación de Bolivia coadyuven a la concreción de los proyectos del escritor Víctor Montoya, para tal efecto, tendría que coordinar con los mismos. Suerte.
    Emilia

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